Una mujer precursora, escribe sobre teoría del cine, es militante feminista, dirige películas, funda cineclubes y experimenta con la imagen en movimiento, es prácticamente ignorada por la Historia del Cine.
Germaine Dulac nace en Amiens, Francia, en 1882, en un contexto histórico donde las mujeres están relegadas a un segundo plano. A los 18 años, se traslada a París e inicia su carrera como fotógrafa y crítica de teatro en las revistas La Fronde y Le Française. Junto a otras mujeres, participa en la creación de asociaciones feministas para fomentar la imagen de las mujeres como agentes transformadores.
En 1916, realiza su primera película, Hermanas enemigas, donde explora la dirección con un grupo de actores naturalistas. La ciudad de París era un lugar ideal para quienes buscaban desarrollar nuevas experiencias artísticas y se convierte en un espacio central para el surgimiento de las primeras vanguardias.
Dulac escribe: “La guerra llegó con sus tormentos y angustias de todo tipo. Ya no podía soñar con trabajar en lo que amaba, tenía que encontrar la manera de ganarme la vida y no sé por qué, sin duda el misterioso consejo del destino, pensaba en el cine como una forma de ganar lo suficiente para vivir, y en la dirección cinematográfica como posible carrera…”.
Después de la Primera Guerra Mundial, intrigada por el crecimiento del cine, instala su propia productora, Delia Film, no solo pensando en seguir dirigiendo, sino también como una forma de asegurar la distribución de sus películas. Dulac observa a los espectadores de cine y los define como “una masa no pensante que, al igual que los niños, se postraban frente a la linterna mágica, buscando el simple placer de observar”.
A lo largo de su trayectoria, Dulac no se limita a la dirección de películas. Al mismo tiempo, sigue escribiendo sobre cine en diversos medios como Cinéa y L’Écho de Paris. Mientras tanto, en París y Berlín, las vanguardias artísticas dialogan con el cine explorando las potencialidades del ritmo visual, en lo que llaman «Cine Puro», un cine que nació para ser libre y para explorar sus posibilidades visuales y poéticas más que para contar historias.
Su proyecto más reconocido fue La caracola y el clérigo (1928). Esta producción parte de una idea original de Antonin Artaud, con quien trabaja en el guion original, como una búsqueda de llevar el surrealismo al cine. Este proyecto supera sus trabajos anteriores, ya que requería mayores complejidades técnicas y poéticas, como el uso de la cámara lenta, las dobles impresiones y un mayor despliegue escenográfico y de puesta en escena. La película, que duraba 40 minutos y requirió un extenso trabajo de montaje, se estrenó ante un grupo de artistas e intelectuales, provocando una decepción generalizada en la audiencia, al menos eso es lo que se dice. El mismo Artaud expuso su desencanto por la película aduciendo que no representaba la mirada surrealista. “¡Madame Dulac es una vaca!”, es lo que un grupo de surrealistas gritaba el día del estreno de La caracola y el clérigo, animados por Artaud tras la decepción por su colaboración con Dulac.
Esta experiencia surrealista no la aleja del cine, sino que la acerca a explorar el cine abstracto. A este período de su producción artística, que va entre los años 1924 y 1929, pertenecen los cortometrajes compuestos por efectos de luz, brillos y alteraciones ópticas, junto a una exploración del ritmo y el montaje cinematográfico (música visual) que apela a la sensibilidad del público.
En su artículo de 1928, La música del silencio escribe: “El cine es capaz de contar historias, pero no debemos olvidar que esa historia, el argumento, no es nada. El argumento es sólo la superficie. El séptimo arte, el arte de la pantalla, trata de la profundidad que se extiende por debajo de esta superficie hecha perceptible: la escurridiza musicalidad”.
Con la llegada del sonido, deja las películas de ficción y forma una nueva productora, France-Actualités, asociada con Gaumont, para producir noticiarios y documentales muy cortos para cine. Tras sufrir una parálisis a mediados de 1930, su producción se redujo, pero siguió su militancia en el Frente Cultural Francés. Cada vez más inmóvil, muere en 1942, durante la ocupación alemana, en la oscuridad. «El cine no es un arte para expresar actos puramente externos, sino para visualizar los más mínimos matices del alma, en su vida interior».